Saturday, April 7, 2018

Cristina es el programa






Creo en tu estrella, en aquella que busco 
en mi sueño mejor 
para poder luchar
- Callejeros 

Argumento A:
Ganar, ganar, ganar, ganar, ganar. Hay que unirse para ganar. Todo por ganar. Si nos unimos todes le ganamos a Macri en 2019. No importa cómo, hay que juntarse, amontonarnos, dejar de lado las diferencias, mirar hacia el futuro, armemos una PASO, el que gana conduce el que pierde acompaña, todes adentro y listo. Hay que tragar sapos, los ladrillos se hacen con bosta, BOSTA, ¿o no leíste a Perón?

Argumento B:
Sin Cristina no se puede, con Cristina no alcanza. Sí, claro, saca un montón de votos; ¿pero no viste la imagen negativa? Tiene un techo bajo, muy muy bajo. No puede ser candidata, si va ella perdemos por paliza. Cristina tiene que autoexcluirse, guardarse, esconderse, hacer un fade-out de la política. Si Cristina se corre del centro, se cae el verso de la pesada herencia y se ve el desastre macrista. Las masas despiertan y ganamos de taquito.

Parecen dos argumentos distintos pero son el mismo. EL MISMO. El problema en ambos, claro, es Cristina y el kirchnerismo. El sectarismo kuka que impidiría la unidad. Cristina que roba protagonismo. La tozudez de no aceptar que los tiempos cristinistas pasaron; que estuvieron plagados de errores y excesos. Ya fue loco, no vuelven más, aflojen, dejen de ser tan cerrades; aprendan que son una partecita chiquita, muy chiquita del campo popular; que si siguen así Cambiemos gobierna hasta 2050.

Lo que se nos pide, al fin y al cabo, es que nos dejemos de joder. Cristina y les kirchneristas, todes. Que bajemos las banderas y nos dejemos conducir (aunque no estaría claro quién nos conduciría y hacia dónde). Porque somos un problema. Bah, básicamente Cristina es el problema. No la persona Cristina, sino el proyecto y el programa político que representa. Las tensiones que implica, los adversarios que nombra, la posición geopolítica. Esas cosas incomodan a grandes sectores del peronismo, que prefieren silbar bajito y no enojar a nadie. Por eso persiguen a Cristina y no, ponele, a Massa o a Randazzo.

Entonces, lógicamente, discutir la persona Cristina es un engañapichanga. Hay que ir al hueso, al nudo de la cuestión. Lo importante en este momento, para quienes somos kirchneristas, peronistas, y de Cristina, es hablar de un programa. En nombre de Cristina, digamos programa.

El programa es Cristina; Cristina es el programa. Ya lo dijimos alguna vez, el candidato es el proyecto, je. Por que lo que importa es el programa antineoliberal y la voluntad de enfrentar al poder real que encarna la compañera. Creer en Cristina es creer en su estrella, en las cosas que nos enseñó, gobernando, conduciendo, construyendo; todo eso que nos hizo buscar en nuestros sueños mejores, para poder luchar. Seamos Cristina empujando un programa.

Planteemos un acuerdo programático serio, transformador, que encare los grandes problemas de la época. Un programa que guíe las luchas del 2018, que articule una oposición, y que proponga un futuro distinto a la sociedad. La pregunta para Pichetto, Solanas, Solá, Bregman, gobernadores, intendentes, sindicalistas, organizaciones de todo tipo no será "¿usted acuerda en hacer la unidad con tal y tal y tal?" sino "¿quiere usted caminar codo a codo para construir futuro en base a este programa político?". 


El poder juega

Algo importante a tener en cuenta para arrancar: el poder juega. El imperio, Clarín, la oligarquía rural, Stiusso, Techint, los bancos, los grupos económicos, las constructoras. Todos esos sectores que componen el bloque de poder que sostiene a Macri, también juegan dentro del peronismo y la oposición. Ah, y también juega el gobierno. Chocolate por la noticia.

Vimos estos días el patético encuentro impulsado por Miguel Ángel Pichetto en Gualeguaychú. Eso es el poder jugando. El perdonismo (el peronismo que pide perdón por su pasado kirchnerista) de Pichetto, Bossio y Urtubey es básicamente esto: un peronismo antiperonista, un peronismo que pretende excluir y esquivar todo debate sobre el potencial transformador del peronismo kirchnerista. Dividir al movimiento, extirparle toda potencia. 


La contracara de Gualeguaychú fue San Luís. Ese encuentro hace unas semanas sí que fue un problema grave para el bloque de poder. Nunca un encuentro opositor generó tanto miedo y tantos esfuerzos por sabotearlo. Desde Balcarce 50, se hicieron todos los aprietes habidos y por haber para evitar la presencia de gobernadores en La Pedrera. Gualeguaychú, el encuentro de la UMET, el Congreso del PJ Bonaerense no preocuparon ni incomodaron a nadie.

El encuentro puntano fue peligroso porque no hizo NI UNA concesión al régimen. Porque se animó a debatir programa. En una palabra, porque fue kirchnerista. No kirchnerista como identidad cerrada y grietuda de “vos tenés a Baby yo tengo a Dolina”; sino kirchnerista como concepto político, una idea que suele repetir el compañero @osvaldo_balossi. Hoy el kirchnerismo es: decir que no al régimen, no hacerle concesiones, elaborar sobre el dolor, politizar el ajuste, hablarle a la sociedad, aglutinar sectores agredidos, construir una nueva mayoría. Es exactamente por esto que el poder le teme al kirchnerismo.

Pueden leerse numerosos analistas polítiques que dicen que Marcos Peña y Durán Barba eligen a Cristina y al kirchnerismo como adversario. Eso es mentira. La Pedrera lo demuestra. Lo que quiere el macrismo, en cambio, es un kirchnerismo débil, chiquito, perseguido, aislado, caricaturizado, reducido a un cúmulo de corruptes desesperades y subversives talibanes. Nos tienen miedo. El poder teme al kirchnerismo. Le tiene alto cagazo. Teme a la fuerza transformadora de Cristina y la Unidad Ciudadana liderando mayorías sociales y políticas. Por algo nos quieren encanar, como quieren encanarlo a Lula en Brasil.



Las formas y el contenido

Cuando se debate la conformación de alianzas electorales en general, y las unidades peronistas en particular, se suele hablar de sapos que hay que tragar. Los momentos de forjar pactos electorales, de conformar frentes partidarios, implican concesiones, negociaciones, tires y aflojes; más tires cuando se debaten cuotas de poder, más aflojes cuando se debaten cuestiones programáticas e ideológicas. Bueno, esto último no puede ser.

Todes creemos en la necesidad de construir una unidad opositora, y está claro que necesitamos mucho (si no todo) el peronismo adentro. Pero cuidado. Porque una unidad peronista opositora no garantiza absolutamente nada. Nada de nada. El peronismo no es, como muches creen, el lugar donde el pueblo ya está, entonces simplemente con juntar los pedazos unís al pueblo. El pueblo nunca se asienta en ningún lado, sino que se construye en momentos específicos. El peronismo es memoria histórica popular, es el lugar predilecto y privilegiado para construir pueblo, pero no está ahí de prepo. Si tan sólo fuera tan fácil.

Nos encaminamos hacia la construcción de un frente amplio, plural y heterogéneo para enfrentar al macrismo en las elecciones. Pero no puede haber concesiones ideológicas. Podremos hacer concesiones de todo tipo. En el armado, en los nombres, en las metodologías, en las estrategias comunicacionales, en las mejores tácticas para cada territorio… pero lo más importante, de lo que hay que hablar y sobre lo que debemos ser intransigentes, irreverentes y transgresores es en el programa.

Miren, dos textuales de John William Cooke. La primera me la apunta el compañero @fedebonda. La segunda es del libro “Peronismo y revolución”, de 1966:
La unidad es indispensable y será un paso previo al triunfo popular. Lo principal es para qué hacemos la unidad, cuáles son los objetivos cercanos (como por ejemplo las elecciones) y cuáles los grandes objetivos. Unidad para simple usufructo politiquero, no. Sí, en cambio, para dar las grandes batallas por la soberanía nacional y la revolución social.
La solución no está en tratar de adivinar comportamientos futuros de los candidatos o titulares de posiciones directivas sino en presionar en toda las formas para imponer una política revolucionaria, que es una necesidad existencial del Movimiento, además de una garantía contra las duplicidades y las cobardías.
La primera cita es sobre la unidad. Las apelaciones a la "unidad con contenido" circulan fuerte por estos días en el campo popular. Nadie en su sano juicio plantea un amontonamiento sin directrices. Pero la cita del Bebe dice algo más. Pregunta: ¿Cuáles son los grandes objetivos? ¿Cuáles son las grandes batallas que tenemos que dar? Hay que pensar la construcción de una unidad política que tenga la suficiente claridad, solidez y arraigo como para bancarse las peleas que vienen. Nos toque gobernar o no.

En el reciente acto del radicalismo popular, Máximo Kirchner recuerda que Cristina ganó con el 42% en primera vuelta en 2007; pero al primer conflicto que tuvo que enfrentar el flamante gobierno, se partió en mil pedazos. Hay que aprender de eso, no nos podemos hacer les giles.

La segunda cita es brutal. Cooke apela a las bases a presionar por una política revolucionaria, en todas las formas. Lo que está en debate es cuál será la política opositora en 2018 y 2019. ¿Será kirchnerista o será colaboracionista? ¿Podrá ser populista o habrá que resignarse a un neoliberalismo light?

Hoy, el contenido es más importante que la forma. No se trata de sobreabundar en especulaciones de candidaturas ni de armados. Lo que hay que hacer es empujar la posición política. Cooke habla en ese texto del 66 sobr e la resignación planificada. La estrategia enemiga de hacernos bajar los brazos y la vara. Bueno, después de 12 años de transformaciones, la verdad que no. El peronismo será populista o no será nada.


El candidato es el programa

Cuando dejamos de hablar de las formas y nos ponemos a hablar de los contenidos, ahí se pone interesante la cosa. Primero hay una agenda de repudios, que no es negociable. El rechazo al ajuste y el deterioro democrático. No puede haber medias tintas en esto. Cualquier frente opositor debe demandar la plena libertad de expresión y el ejercicio de las libertades políticas. No hay democracia con preses polítiques. Hablar de "corruptómetro" como una forma de esquivar el bulto de la persecución a opositores no va. Lo lamento, no va. Si no miren a Brasil.

Con el ajuste, tampoco se puede andar zigzagueando. El gasto público no debe ser reducido. Si queremos corregir el déficit, hay que recaudar más.  ¿Alguien se anima a decir que hay que volver a subir las retenciones a la soja? ¿Que hay que cobrarle más a las empresas? ¿Que hay que aumentar los impuestos al 1% más rico? Necesitamos una profunda reforma impositiva, y hay que decirlo.

Hay una agenda que sube de la sociedad a la política: el feminismo, la economía popular, los reclamos de seguridad (que puede ser ciudadana), la necesidad de estabilidad y un cierto orden ("nos desorganizaron la vida" dice CFK). Debemos encarar profundos debates sobre las redes sociales, el uso de los datos personales, las grandes plataformas digitales y su impacto en la democracia. Debemos repensar los servicios de comunicación audiovisual. Debemos prepararnos para dar respuestas a una crisis de endeudamiento familiar producto del modelo especulativo de Cambiemos, que te enchufa préstamos a las AUH y jubilaciones, y timbea con los créditos UVA. En fin, la agenda programática es enorme, cuando te ponés a flashear un rato.

Lo fundamental, empero, es que el programa a construir no puede hacer ninguna concesión al gobierno. Debemos rechazar de plano todas las argumentaciones que dicen que debemos imitar al gobierno, parecernos a él. Esto no quiere decir que debemos negar caprichosamente las nuevas tecnologías, los modos de comunicación contemporáneos, las transformaciones en la cultura digital. Pero si las vamos a usar como formas de despolitización, no gracias. Una story de instagram está muy bien, pero no podemos tomar las herramientas acríticamente. Una canción de Ani di Franco dice: "toda herramienta es un arma si sabes cómo empuñarla". Bueno, hay que empuñarlas bien. 

Hay que ser lo opuesto al gobierno, no lo parecido. No hay que imitarlo, hay que disputarle el sentido de las cosas. Iñigo Errejón suele decir eso: hay que disputar por ganarles las palabras democracia, libertad, cambio, orden. Ahora bien, si jugamos con las palabras del enemigo, ya perdimos la mitad de la batalla. No podemos andar boludeando hablando de "vecinos y vecinas" y queseyó. Confrontar y disputar. Eso es lo que hace Cristina, por ahí tiene que ir el programa.


El pacto electoral

Volvamos un toque a junio de 2017, a Cristina lanzando la unidad ciudadana. ¿Recuerdan el acto de Arsenal? La dirigencia a las plateas, la gente común al escenario. Decía Cristina que, frente a la formidable estafa electoral de Macri, había que reconstruir el vínculo de la sociedad con la política. Los problemas de la gente, no de les dirigentes. Tuvo Unidad Ciudadana, entre tantas cosas, una plataforma electoral, que vale la pena volver a leer. Un programa de la hostia, conciso y clarito. Su primer punto, rezaba así:
La democracia representativa exige que quienes asumen cargos o bancas al haber sido electos por el voto popular, deben cumplir con los programas y las propuestas que realizaron durante la campaña electoral. Cuando el Pueblo vota no da cheques en blanco; elige entre personas que encarnan ideas, formulan programas y propuestas de gobierno.
La necesaria construcción de un programa para el 2019 no es sólo una gambeta al problema de las candidaturas y las formas. No es sólo la pulsión por sostener posiciones populistas y antineoliberales. Es también reconstruir el vínculo social entre representantes y representades. Valorizar y fortalecer la democracia es volver a poner en valor la palabra y el compromiso político. No podemos silbar bajito y esperar que la sociedad nos vote porque les caemos simpátiques. Debemos ser contundentes en el diagnóstico y las propuestas. Como hizo Cristina en 2017, debemos hacer de cara al año que viene.

En Brasil, Lula da un potente discurso ante una multitud, previo a entregarse a la policía, rodeado de pueblo. Levanta las manos de Manuela D'Ávila y Guilherme Boulos, dos dirigentes jóvenes de partidos de izquierda que se han escindido de la alianza con el PT y proponen programas más radicales y transformadores. Lula les levanta las manos y dice: lo importante no soy yo, es el programa transformador que tenemos que empujar.

Finalmente, lo importante es que hay 2018. Hay muchas batallas por librar, mucho ajuste y persecución por enfrentar. Si la política se dedica todo el 2018 a mirarse las caras a ver cómo se arma una unidad formal y electoral, vamos al muere. El programa a construir debe ser un programa que comience a aplicarse este año. El programa debe guíar los comportamientos parlamentarios, las acciones callejeras, los movimientos estudiantiles, gremiales y sociales. Debe ser un compromiso de lucha con el presente, no una serie de promesas que sólo se efectivizarían en caso de llegar a la Rosada.

Importantísimos pasos ya se han dado. Ahí están el valiente programa de la Corriente Federal de los Trabajadores y el incisivo programa Unidad Ciudadana.  Ahora toca empezar a construir uno nuevo sobre esos cimientos. Toca elaborar una hoja de ruta para construir la mayoría política que le devuelva futuro a la sociedad. Vamos. 

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