Tuesday, September 18, 2018

Traigan las urnas




Y se abrirá todo el cielo
No será un día normal
Después de todo, todo llega
Siempre de algún modo
Las profecías se dan.
Apocalipsis de abajo
Un maremoto de amor
Fiesta en la calle
Un orgasmo que nunca se acabe
Día de resurrección
- Fito Páez


La sucesión de eventos desde la reforma previsional hablan del fin del macrismo: cacerolazos, puteadas en las canchas, devaluación, recesión, caos en el gabinete, corrida cambiaria, FMI. El modelo económico está agotado, y Lagarde garantiza una salida ordenada de los fondos privados. Lo que quede, será problema de quienes queden.

Pero no hay 2001. Basta con eso. Este gobierno no puede, y sobre todo NO DEBE terminar con un helicóptero, ni con muertes en la plaza, ni con estado de sitio, ni con una asamblea parlamentaria, ni con un "gobierno de transición" que siga ejecutando el programa del FMI. Rechazamos la continuidad del ajuste por otros medios.

La única salida posible, la única salida necesaria, la única solución a la debacle nacional, es la llegada de un gobierno nacional-popular a la Casa Rosada mediante elecciones libres. Elecciones libres, las que Bonadío, Magnetto y Macri nos quieren arrebatar proscribiendo a Cristina.

El pueblo, en las urnas, debe votar un cambio de rumbo económico, social y político; debe votar en contra del FMI, para que podamos sacárnoslo de encima; en contra de bancos y oligarcas, para utilizar la renta financiera y la renta agraria para el desarrollo nacional; debe votar a favor del conflicto político, para poder reorganizar sus vidas. El clamor kirchnerista no debe ser "andate Macri", sino "traigan las urnas", porque votos no sé si sobran pero seguro que alcanzan para dar la pelea.


El fin del macrismo

Esta última etapa del ajuste que estamos viviendo es casi imposible. Despidos en todos los sectores, tarifas impagables, inflación galopante, salarios y jubilaciones que se deprecian aceleradamente. Las cuentas no le cierran a (casi) nadie, muchas familias caen, estiramos los manguitos que tenemos pero no alcanza, hay hambre. 

Frente a esto, los sectores más politizados y opositores de la población, a quienes les duele el sufrimiento propio, y sobre todo el ajeno, se embroncan, se enojan, se frustran: "¿cuánto más se puede bancar esto?" "Se tiene que terminar ya, no damos más". Esa desesperación es lógica, es razonable, es hasta necesaria. Yo también la siento, toda la militancia política la siente. Pero no hay salidas fáciles, ni atajos, ni soluciones mágicas para revertir este quilombo. Sólo las urnas.

No hay 2001, porque la diferencia entre Macri y De la Rúa es Cristina. Son los 12 años de kirchnerismo que dejaron una pesada herencia de derechos adquiridos, programas sociales, indices de empleo y salarios sólidos, conciencia política y movilización. No hay crisis de representación política porque hay una representación política que no se cae ni se dobla ni se erosiona, la de Cristina. A favor y en contra, la figura de Cristina ordena la política nacional. Lo dice de forma más elocuente el comunicado de concejales de Unidad Ciudadana de la Provincia de Buenos Aires:
Las cartas están echadas. Sin Cristina no hay democracia. Sin Cristina no hay justicia social. Sin Cristina hay hambre, desocupación, crisis. En el horizonte nacional, dos fechas se bifurcan: con Cristina, hay 2019; sin Cristina, hay 2001.
¿Existe una posibilidad de un final anticipado del gobierno de Macri? ¿Existe una posibilidad de un "gobierno de transición" acordado entre Vidal, Pichetto, Larreta, Duhalde y Lavagna? Sin dudas. Nadie puede garantizar que el macrismo llegue a las elecciones de octubre del 19. La inviabilidad financiera y la inviabilidad social del programa del Fondo Monetario pone al gobierno al borde del abismo permanente, entre corridas cambiarias y estallidos sociales.

Ahora bien, ese no es nuestro tema. No es nuestro juego. Si el gobierno se sostiene o se cae, depende del gobierno y de sus políticas. ¿Estaremos en la calle junto al pueblo? Siempre, pero acompañando, no somos vanguardia iluminada. Unidad Ciudadana es una fuerza política democrática, que busca acceder al poder desde las urnas, y sabe que sólo con el voto popular se puede revertir esta locura. Porque, posta, no hay otra manera. Así que repitamos como mantra, que traigan las urnas.


Agonismo y antagonismo

Allá por su segundo mandato, CFK insistía en numerosas ocasiones agregar el adjetivo "democrático" a la enumeración: proyecto nacional, popular Y DEMOCRÁTICO. Insistía Cristina en una relectura de los 70s, una valorización de la primavera alfonsinista, pero sobre todo remarcaba la enorme libertad con la que se vivió durante el kirchnerismo. El discurso del 9 de diciembre de 2015 reclamó al gobierno por venir que preservara las libertades civiles; en abril de 2016 en Comodoro Py puso el énfasis en construir un frente ciudadano cuyo valor central fuera la libertad; en la campaña 2017 denunció una emergencia democrática producto de un gobierno que se alzaba con la suma del poder público y privado. Libertad y democracia como ejes.

Si se permite una digresión filosófica, Unidad Ciudadana practica lo que Chantal Mouffe denomina una política agonista. Definido por ella misma:
En una política agonista, la dimensión antagónica está siempre presente, ya que lo que está en juego es una lucha entre proyectos hegemónicos opuestos que nunca pueden ser reconciliados de manera racional, y en la cual uno de ellos necesariamente debe ser derrotado. Se trata de una confrontación real, pero que se desarrolla bajo condiciones reguladas por una serie de procedimientos democráticos aceptados por los adversarios.
Para la teoría populista, el antagonismo (es decir el conflicto) es el factor fundante de la política. Toda identidad implica una exclusión, todo "nosotres" tiene un "elles", hay amigues y hay enemigues. La estrategia política consiste en construir un nosotres potente, que vincule distintas luchas y demandas sociales, contra un "otro" que está por fuera de la sociedad y atenta contra ella. Por ejemplo: patria o buitres, democracia o corporaciones, , Braden o Perón, la gente vs. los corruptos (funciona al revés también), etc.

Una política agonista reconoce los antagonismos, pero propone dirimirlos en el marco de la democracia, de ciertas reglas comunes de reconocimiento entre adversaries. No niega el conflicto, pero cree que se puede luchar sin ir a la guerra. Entonces, no era expropiar Clarín, sino aplicarle la Ley de Medios. No era desconocer a los fondos buitres, sino pagarles lo que se le había pagado al resto. Democratizar la justicia, democratizar la palabra, democratizar la economía. Eso cuando fuimos gobierno.

El problema fundamental con que se encuentra hoy Unidad Ciudadana, en la oposición, es la descomunal persecución política. ¿Cómo sostener una práctica republicana si las reglas no son iguales para todes? ¿Cómo hacer política dentro de las instituciones si me amenazan con excluírme de ellas? ¿Cómo puedo jugar el juego de la democracia si me quieren encanar? Este es el desafío que enfrentamos. Como debatimos con @unterrikola, nosotres queremos hacer agonismo, pero de la vereda de enfrente nos antagonizan, nos quieren destruir.

Se acerca un 2019 donde no habrá reglas de juego justas para Cristina. Ya Bonadío pidió desafuero y detención, y falta UN AÑO para las elecciones. Lo que se viene lo sabemos: se la intentará humillar, proscribir, encarcelar; se harán cadenas nacionales para denigrarla e insultarla; los servicios de inteligencia la hostigarán; se impondrán todo tipo de recursos judiciales y mediáticos para impedir su candidatura. Ante esto, la alternativa no es renunciar al juego electoral, no es patear el tablero ni pudrirla toda. No. Debemos insistir con la democracia, exigir elecciones libres y justas, demandar la restauración del Estado de derecho. Con templanza, con movilización, con determinación. Pero en paz.

Este enorme desafío es también una enorme oportunidad. Si las reglas del juego han sido pervertidas y corrompidas, tenemos todo el derecho de modificarlas si ganamos. Si este poder judicial ya no imparte justicia, habrá que darlo vuelta; si estas leyes y esta Constitución no garantizan la democracia, habrá que reescribirlas. Con mucha calle, con muchos votos atrás, con mucha política. Refundar la patria, como dice el contudente documento de La Cámpora. Pero dentro de la democracia todo, fuera de la democracia nada. Mas bien,  de lo que se trata es de refundar la democracia, así que traigan las urnas.


La Cristina que viene

Se habló mucho durante el 2018 de la estrategia del "silencio" de Cristina, que tampoco fue tal. Sí se puede decir que ante el derrumbe económico del macrismo, crecía la idea de Cristina como alternativa. Por eso se acelera la persecución, y te fuerzan a salir a la cancha, votar allanamientos, mostrar como te revientan la pared de tu casa y se roban un pato de vidrio.

Cristina es el único punto posible de acumulación popular. Es el único nombre que puede articular todas las luchas democráticas, todas las demandas populares de la época. No hay garantía, más vale, pero es la única posibilidad. Por eso necesitamos una gran movilización en defensa de Cristina, que se hará cuando la conducción o cuando el pueblo lo decida. Por eso también necesitamos pequeñas manifestaciones, cotidianas, barriales, en la oficina, en la fábrica, en el bondi, en una pared. Hacelas, hagámoslas, es ahora.

Una vuelta de tuerca igual: el desafío no es hacer una defensa cerrada de CFK, sino una defensa abierta. No reivindicar exclusivamente el pasado (la década ganada, los satélites y todo eso), sino hacer nuestros mayores esfuerzos por tender puentes hacia el futuro. Cristina no debe ser lo que fue, sino lo que viene. El feminismo popular, la democracia activa y participativa, el derecho universal a los servicios básicos, el ambientalismo, la organización contra las nuevas formas de precarización laboral, por nombrar algunas. Que Cristina sea todo eso, y más.

La victoria política que necesitamos para terminar con este modelo neoliberal no es un estallido de bronca, un enojo canalizado, un descontento movilizado. No alcanza con que se caiga el macrismo, tiene que ser derrotado por un proyecto afirmativo. La victoria popular que viene será como el Día de Los Grones de Fito Paez: un fuego, un pantallazo, un rayo luz, una tormenta, una música infinita. Un apocalipsis de abajo, un maremoto de amor; no de rabia, de amor. Un maremoto peronista y de Cristina; que arrastre voluntades heterogéneas, pero cuyo fundamento sea una potencia refundadora y transformadora. No algo que vuelva del pasado, sino que llegue con fuerza, que triunfe y se apreste a dar vuelta la patria. Así que traigan las urnas, que estamos viniendo.

Sunday, August 26, 2018

Diques y certezas




Mis enemigos me van a asustar
Cuando comiencen a tener razón
- Indio

En un año y monedas tendremos elecciones en la Argentina. Hay cronograma, hay encuestas, hay candidaturas. En 2019 habrá cambio de gobierno. Y sin embargo nada de eso transcurrirá en condiciones normales. Anticipo: va a ser un QUI LOM BO. Un bardo, mal. La institucionalidad, el republicanismo, las garantías, nada de eso. 

El macrismo descalabra y se desvanece en un gobierno de ocupación; el poder duro desespera ante la perspectiva del retorno del populismo y acelera para proscribir a Cristina. El escenario está abierto. No hay guión, no hay reglas, todo es caos bajo el sol, pero tenemos algunas certezas. Veamos:


Ocupación

Un gobierno existe en tanto toma decisiones de forma autónoma, controla la agenda pública, construye poder y lo administra. En estos términos, el gobierno de Macri ya no existe: sólo quedan las botas, el Fondo, y el odio. La represión, el ajuste y la persecución.

Quizás el mejor síntoma del fin del gobierno es toda esta ridiculez del flan. Un gobierno que se jactó de la comunicación, de escoger cada palabra cuidadosamente, de construir relatos, slogans, ideas-fuerza, timbreos guionados; todo el duranbarbismo y marcospeñismo y foniatras y teleprompters, y "¿Qué estamos diciendo?" desde la Jefatura de Gabinete. Todo todo eso terminó en un flan. El macrismo ha perdido el control de su propio relato y de sus propias bases, como ha perdido el control de la economía, la política y la sociedad. 

La entrega del gobierno al FMI, las influencias norteamericanas en temas de seguridad y defensa, y el acople a la estrategia regional del "lawfare" conforman lo que el compañero Andrés "Cuervo" Larroque llama un gobierno de ocupación. El macrismo ya no existe. Estamos batallando contra otro tipo de adversario: el PODER DURO, que no se combate sólamente voto a voto, aunque también. Y que es capaz de CUALQUIER COSA, repito, CUALQUIER COSA antes de ver a Cristina otra vez en la Rosada. Como dice el compañero @dos_pizzas, la paradoja es que elles mismes han creado su propia pesadilla, el operativo clamor.


Proscripción

La Embajada norteamericana ha decidido proscribir a Cristina, la líder política más importante de la Argentina y la favorita para las elecciones 2019. La democracia, entonces, queda en jaque. El nombre de Cristina se vuelve sinónimo de democracia. Como Perón en tiempos de Resistencia, como Lula en Brasil. 

Este escenario "excepcional" requiere que abandonemos o por lo menos pongamos en pausa todas las especulaciones, tácticas y análisis de la normalidad democrática. Discutir alquimias electorales, si unidad del peronismo, si las PASO o no las PASO, si el techo bajo o el piso alto, si renovación o sarasa, todas esas opiniariedades ya fueron. Quieren proscribir a Cristina, entonces nada de eso ya importa. No es tiempo de asados, ni de cafecitos, ni de rosca.

Decir hoy que "el límite es Macri" es desconocer la persecución a Cristina. El límite ya no de un armado político sino de la democracia misma, es qué posición tomará cada sector y cada dirigente frente al intento de destruir a la principal líder popular de la Argentina. No hace falta coincidir políticamente con ella en absolutamente nada. Pero quien no denuncia la proscripción, es cómplice.


Diques

Hace unos meses, el compañero @fedegvazquez escribió en Artepolítica un lúcido análisis que afirma algo sencillo y contundente: Brasil avanza calmo hacia el abismo. Un parrafito:
Ahí termina todo. No hay más. La imaginación de la elite brasileña para terminar con el ciclo histórico del lulismo quedó en encarcelar a Lula y prohibirle participar en las elecciones (falta una última decisión judicial que todos dan por descontada). En parte, esta ausencia de imaginación electoral es hija de la decisión de sostener a Michel Temer, rechazado por más del 90% de la población. 
La clase dirigente brasilera, tanto política como económica, ha aceptado suicidarse con tal de evitar el retorno de Lula. Se prenden fuego, se bancan ir en cana, estrellar la economía, corroer sus representaciones, todo para que no vuelva el populismo. Y sin embargo, se les está complicando la cuestión. Los plazos no les dan para prohibirlo y la ONU pide que se dejen de joder. Lula gana en primera vuelta, y su delfín Fernando Haddad (en caso de que le impidan competir), parece que no gana en primera pero entra en balotaje y ahí el escenario es incierto contra Bolsonaro.

La estrategia de proscripción de Lula entra en su recta final, y hay que seguirla con atención. Ahora bien, a diferencia de Brasil, la persecución a Cristina se enfrenta a por lo menos tres diques de contención. Tres límites que impiden que la bestialidad persecutoria se despliegue con toda impunidad: la calle, los fueros y el peronismo:

1) La calle: Los niveles de organización y movilización popular en la Argentina son históricamente altísimos, esto no es novedad. Los últimos dos años y medio de gobierno de Macri han demostrado una gimnasia callejera inusitada. Millones de personas han marchado, muchas por primera vez, muchísimas sueltas, muchísimas organizadas. Sin mucha excusa, Cristina por sí sola es capaz de congregar enormes multitudes; recordar el 9 de diciembre de 2015 en Plaza de Mayo, el 13 de abril de 2016 en Comodoro Py, el 16 de octubre de 2017 en Racing. Se aproxima una gran movilización en defensa de Cristina, ustedes también lo sienten, ¿no?

2) Los fueros: Es cierto que Cristina estuvo dos años sin fueros y nadie pidió la detención. Pero aquí estamos, pasado 2017, con los fueros de Cristina y dos pedidos de detención. Bonadío quiere encanar a Cristina por "traicionar a la patria", por unas fotocopias y las tristes "confesiones" del gran empresariado argentino. Los fueros parlamentarios en la Argentina, consagrados en la Constitución, funcionan como la última línea de defensa institucional contra la persecución. El lawfare llega hasta ahí. El Senado de la Nación, con todo lo dinosaurio que se mostró votando el aborto, será una institución conservadora pero también es federal y democrática. Y hasta que no levanten la manito dos tercios de les presentes, Cristina está en libertad. Los votos que le faltan a la Embajada y a Bonadío, son los del peronismo.

3) El peronismo: Finalmente ¡ay! tenemos peronismo, que es mucho mucho más que el PT brasilero y ese engendro de alianzas que construyó Lula con el PMDB para ganar y gobernar en tiempos mejores. El peronismo realmente existente, ese gigante invertebrado con unidades básicas en cada rincón de la patria, con sindicatos, intendentes, gobernadores, diputades y senadores nacionales. Desaforar y proscribir a Cristina no puede hacerse sin la complicidad de la mayoría de les compañeres del Partido Justicialista. ¿Entonces?

Se presenta así el dilema del peronismo: ¿entregar a Cristina o abrazarla? ¿No comparten electorado gobernadores y Cristina? ¿Qué pasará con la intención de voto de gobernadores peronistas que otorguen los votos para desaforar a Cristina del Senado?  ¿No sería esa la forma más indiscutible de traición política? El peronismo puede entregar a Cristina y arriesgarse al suicidio electoral, o aceptar, aunque sea a regañadientes, la verdad peronista n° 21 de nuestra época: Cristina es Perón.


Certeza

El "lawfare" ha sido exitoso hasta ahora en amedrentar, proscribir y perseguir a líderes populares. Pero no ha logrado su objetivo fundamental: quebrar el vínculo entre pueblo y líder. Lula encabeza las encuestas, y Cristina también; y ningune de les dos baja las banderas. En su épico discurso del miércoles 22 de agosto en el Senado, Cristina fue categórica: no me arrepiento ni me doblo.

La desesperación del sistema por destruir a Cristina irá aumentando en la medida en que su victoria electoral se vuelva más probable. Pero a Cristina no la van a poder quebrar, y tampoco podemos permitir que nos quiebren a nosotres. Lo decía Máximo Kirchner en Ensenada: buscan desmoralizar a la sociedad y a la militancia; porque entonces sí pueden derrotarnos. Debemos fortalecer la voluntad transformadora del kirchnerismo, en sus votantes, en sus bases y en sus dirigencias.

Cristina es nuestra principal certeza. Aunque le tiren con de todo, no se va a doblar ni se va a arrepentir. Quieren bajarla, no saben cómo hacer, y está dispuesta a ponerse la patria al hombro, a conducir esta bendita nación una vez más. La pregunta entonces es: ¿nosotres qué vamos a hacer?

El kirchnerismo afronta dos tareas: la organización y la representación. Primero la organización en tanto vivimos en momentos de peligro inminente. Se suele hacer preguntas del orden: ¿Qué pasa si...? Bueno, frente a cada circunstancia, Cristina y quienes ella designe tomarán decisiones; y es nuestra tarea darle la mayor relevancia, difusión y acatamiento a esas decisiones. Cristina pide: no vayan a Comodoro Py, no vamos. Unidad Ciudadana convoca semaforazos en defensa de Cristina, vamos a los semaforazos. Acercate a una unidad básica y el resto se acomoda solo.

En función de la organización viene la representación. Más organización, mejor representación. El gobierno se desmorona, la economía se va al tacho y de lo único que pueden hablar todes es sobre Cristina y el kirchnerismo. Entonces, al igual que en 2016, Cristina y el kirchnerismo tenemos que hablar de los problemas de la gente. No alcanza con hacer una defensa cerrada de los 12 años de gobierno (#NoMeArrepiento), lo cual también es necesario, sino también ser vehículo para denunciar el presente y construir el futuro. Se vuelve menester explicar a la sociedad lo que haremos para sacar el país adelante una vez que estos chetos vendehumo hayan terminado con él.

El tema no es volver sino, como siempre dice Máximo, construir lo que viene. El gobierno sólo puede representar el odio a Cristina. Por la positiva no puede representar nada. Ahí se abre el vacío para que Cristina sea la palabra que represente todo. Todo lo que el gobierno destruye y tenemos que reparar, todo anhelo de algo mejor, toda esperanza de salir adelante, toda lucha, toda conquista por venir. Vamos a vencer.





















☝☝Épico diseño cortesía de @unterrikola☝☝



Monday, July 23, 2018

La oportunidad




Más loco voy a andar
Si cambio ilusiones por las cuentas del bienestar

Un fantasma recorre el círculo rojo: el retorno de Cristina. Ahora que gobierna el FMI, Vidal lava guita en campaña y la economía se va al tacho, las encuestas dicen que el kirchnerismo vive y que en una de esas la kretina le gana un balotaje a Macri. Quieren bajarnos, no saben cómo hacer. ¿Qué me cuentan?

Los últimos dos cafecitos con Jorge Asís en Animales Sueltos fueron dedicados casi exclusivamente al cuco: ¿puede volver Cristina?. Fantino reconoce que los números le dan, que hasta la clase media podría votarla de nuevo. Pero luego, casi desnudando la verdad del poder pregunta: ¿la dejarán volver Clarín, Bonadío, los grupos económicos? Asís responde enviando un mensaje al kirchnerismo: miren chiques, pueden volver, pero basta de confrontar; tienen que "arreglar". Arreglar con Magnetto, arreglar con el Partido Judicial, arreglar con Wall Street. Déjense de joder con su infantilismo revolucionario, firmen un armisticio con el establishment, y hay 2019.

Ese es, palabras más palabras menos, el pliego de condiciones del neoliberalismo. El kirchnerismo puede volver a gobernar, pero para eso debe abandonar sus expectativas transformadoras, aflojar con su pulsión por el conflicto, resignarse al status quo. Kirchnerismo sin kirchnerismo, café descafeinado.

El convite de Asís debe ser rechazado, demás está decirlo. Lo relevante, empero, es advertir los síntomas de una oportunidad que tenemos frente a nosotres, si persistimos sin arrepentirnos. Si nos acompañan los votos, no hacen falta ni Bonadío, ni Magnetto ni Wall Street. 


Al nestorismo lo inventó Clarín

El kirchnerismo que pide Asís, el kirchnerismo sin kirchnerismo, o el kirchnerismo anti-kirchnerista, suele aparecer bajo la conocida fórmula del "nestorismo".

Al nestorismo lo fundó Héctor Magnetto cuando quiso vetar la candidatura de CFK en 2007. Después se propagó, de Leuco hasta el PJ. Que él era mejor, que sabía conducir, que era más político, menos ideologizado, más pragmático. Que ella es líder pero no conductora, que muy soberbia, que muy cerrada, que divide, que dé un paso al costado.

El nestorismo es contrafáctico, machista, conservador y cagón. Elogia el gobierno de Duhalde, justifica a Pichetto, pide paciencia para el triunvirato, se emociona con Felipe Solá y quiere jubilarla a Cristina. Ah, pero quedarse con sus votos. Los votos de Cristina los necesitamos, porque aunque con ella no alcanza, sin ella no se puede. Extraña frase esa de "sin Cristina no se puede" porque queda picando el sujeto tácito. ¿Quién sería el que puede o no puede con o sin Cristina? ¿Quién es el agente, la fuerza política de una supuesta victoria que tiene que "sumar" a Cristina para ganar?

El nestorismo quiere candidatos (con "o" porque son todos varones) de los años de oro del kirchnerismo, antes de que fuera kirchnerismo, o sea antes de la 125. Felipe Solá, Roberto Lavagna, por ahí te inventan algún otro duhaldista como Miguel Ángel Toma o Remes Lenicov... a esta altura ya no sorprende nada. Años de oro antes del delirio populista que nos trajo la militancia juvenil, la Ley de Medios, la AUH, o la recuperación de YPF.

Finalmente el nestorismo sueña con un peronismo sin conflicto, sin enemigos, sin lucha. Argumenta que las condiciones en que asuma un próximo gobierno peronista serán más parecidas a las del 2003 que las del 2015, que hay que empezar de nuevo sin cometer los mismos errores. Un gobierno que no confronte tanto, que una más que desuna, armonía, unicornios de colores, ríos de leche y miel con escudo justicialista. 


2019 no es 2003

Como sostiene Jorge Alemán, ya no pasamos inadvertidos. El bando de enfrente también juega, y aprende a jugar cada vez mejor. Cualquier gobierno nacional-popular que retome las riendas del Estado a partir de diciembre de 2019 se encontrará inmediatamente con una frontal oposición de:

1) Los grandes monopolios mediáticos, en especial uno, más fuerte que nunca luego de haberse comido una telefónica y reescrito todas las leyes del sector a gusto y piacere. 

2) La Sociedad Rural y toda la bosta agroexportadora concentrada de soja que pide sangre kuka y baja de retenciones. Ni un poquito de amor pudieron demostrarle al Mauricio, imaginate si viene une cantando la marchita.

3) Un 25-30% de la población que odia fuerte y con ganas todo lo que tenga olor a choripán, gasto público y kirchnerismo. Con esa gente no hay retorno compañeres, esa parte del pilón amarillo no se puede pintar de celeste y blanco.

4) Una serie de instituciones en transición regresiva como las llama Zaffaroni, entre las cuales pica en punta el Partido Judicial, ejerciendo poder desnudo; que pretenderán imponer trabas a cualquier trasformación democratizadora.

5) Y quizás más importante: una alianza antipopulista regional y global, para la cual todo lo que huele a redistribución de la torta es sindicado como engrendro nazi a ser derrotado por TODOS los medios posibles. Acá detrás el viejo y nunca querido imperialismo yanqui con todos sus chanchullos y algunos recursitos nuevos. Recordemos que Lula preso, Correa perseguido, Maduro tiroteado por todos lados. Lo del lawfare no es joda eh.

Estos cinco frentes (mediático, institucional, económico, social, internacional) se articulan entre sí, conformando un bloque de poder de dominación neoliberal y antipopular que sustenta a Macri, pero que puede funcionar tranquilamente sin él. Máximo Kirchner suele decir que no debemos olvidar que enfrentamos PODER DURO. Es cierto que el gobierno está debilitado, pero sus pilares de apoyo no caen con él. 

A su vez, a nadie le escapa que Cambiemos dejará una catastrófica situación económica, financiera y social; una "pesada herencia", para decirlo irónicamente. Navegar la transición, para decirlo en las palabras de Claudio Scaletta, requerirá un monumental apoyo popular activo y también pasivo. 

La idea de que una candidatura y luego un gobierno no-macrista que emerja de las filas del peronismo no kirchnerista puede lograr resultados kirchneristas (recomposición del salario, desendeudamiento, ampliación de derechos, fortalecimiento del Estado, industrialización) frente a semejantes desafíos sin desplegar una política kirchnerista de confrontación es ingenua o mentirosa. 

Podemos desplazar la "grieta": elegir con quién confrontar, con qué palabras y cuándo; pero no podemos evitar la pelea. El campo popular enfrenta enemigos poderosos que gozan de buena salud. El gobierno que viene no arranca en 2003 sino en 2019.


Digamos lo que vamos a hacer

No alcanza con decir que no (No al tarifazo, no al FMI, y otros no-al-ísmos). Mientras percibimos que un orden se desmorona, el desafío es comenzar a proponer un orden alternativo. O sea, decir que las cosas pueden ser diferentes, que necesitan ser diferentes, que van a ser diferentes. Ante el desamparo de la ciudadanía, hay que empezar a tirar centros. 

En nuestra democracia, la cancha está inclinada en contra del pueblo siempre, salvo un día que es el día que votamos. Ese domingo, el voto de Paolo Rocca vale lo mismo que el tuyo. Hay poderes que no van a elecciones, pero la política populista se trata de echar luz sobre eso, sacarlos de las sombras. Hoy, eso significa meter a Clarín, a Bonadío y a la CIA en la boleta de Cambiemos. Que cuando la ciudadanía vota por nosotres, vota en contra no sólo de Macri, sino de todo eso.

Nombrar adversarios viene de la mano de nombrar los intereses que tocan nuestras futuras acciones de gobierno. Si hay que subir las retenciones, lo vamos a tener que proponer; si queremos democratizar la justicia en serio, tenemos que explicarlo; si queremos reinstaurar la Ley de Medios, tendremos que argumentar por qué. La de "entramos por la ventana nos hacemos les giles socialdemócratas y en una noche damos vuelta el país" no se va a poder, no es creíble, no es ético, y tampoco es peronista. De cara al pueblo, siempre.

Por más que haya llegado de "casualidad", es mentira que Néstor Kirchner no decía lo que iba a hacer en la campaña 2003. Lo decía bien clarito. Sólo que nadie le creía que fuera posible. Pero lo dijo, busquen los discursos. No era una perorata sobre lo malo que había sido De la Rúa o lo traidor que era Menem. Era el alegato por la construcción de un país diferente.

Entonces, la tarea es: proponer un orden alternativo, enumerar las acciones que llevaremos adelante para construirlo, indicar los poderes con los que hay que confrontar para realizarlo. Eso que está naciendo tiene un nombre y se llama Unidad Ciudadana.


La oportunidad

Vivimos tiempos urgentes, cómo negarlo. El ajuste neoliberal deja tierra arrasada, y si pudiéramos hacer algo por atenuarlo, por disminuirlo, por frenarlo, ¿cómo no lo haríamos? Pero también es importante decir que los tiempos de miseria para el pueblo son los más de la historia argentina. Son frecuentes los gobiernos oligárquicos y traicioneros; son rarísimos los gobiernos populares. Lo anormal, lo anómalo de estos tiempos, es que creamos posible y tangible construir algo distinto. 

Tenemos sobre nuestras espaldas tres años de persistencia y reinvención kirchnerista. Por un lado, la repetición. Una y otra vez plantarse y decirle que no al macrismo; una y otra vez sostener la reivindicación de doce años de gobierno popular; las más de las veces en soledad, de vez en cuando en compañía.  Por otro lado, la rearticulación de la fuerza política desde la calle, la palabra, el territorio, y también el feminismo. Somos les mismes y a la vez somos distintes, mejores, y estamos en condiciones de dar la pelea. Como pide Damián Selci, no tengamos miedo a ser kirchneristas.

El momento histórico que vivimos es el de la oportunidad. No estamos en la soledad del '34 con Yrigoyen muerto, ni en el '56 con el peronismo proscripto y con su líder en el exilio, ni mucho menos en la larga noche de la dictadura del '76; ni siquiera en la tierra arrasada de los '90. Luego de una década de democratización, Cristina dejó el gobierno con una plaza llena, junta millonadas de votos, y persiste en luchar por nosotres y junto a nosotres. No hay necesidad de hacer concesiones, ni de "arreglar" con el poder, ni de bajar las banderas. Se lo debemos a ella, nos lo debemos a nosotres, se lo debemos al pueblo. Digamos lo que vamos a hacer, y hagámoslo.

Friday, June 8, 2018

El pilón amarillo




Hay mucho misterio en tus ojos
y hay mucha chispa aún en tu cerebro loco
¡Pero estás hundido en tu propia herida!

Septiembre 2017, entre las PASO y las Generales, debatíamos entre compañeres en la unidad básica donde milito. Después de la foto inicial que nos dieron las primarias, como pasa en todas las unidades básicas, hacíamos cuentas, sumábamos porcentajes, pensando cómo hacer para juntar unos votitos más de cara a octubre. Charlábamos sobre los piloncitos de boletas que les fiscales cuentan en el cuarto oscuro. Estaba el piloncito de Zamora, entonces pensábamos cómo atraer eses votantes, con un discurso ético sobre la coherencia. Estaba el piloncito de la izquierda troskista, entonces apelar al voto útil. El piloncito de Lustó, significativo, sabíamos que esa gente es opositora, pero tampoco nos quiere.

Nos machacábamos la cabeza, pensando qué piloncito podíamos priorizar en nuestras acciones barriales. Hasta que un compañero, Carlos Pibe, pidió la palabra y preguntó: "¿No será que la respuesta está en el pilón amarillo?". Ese pilón que en los cuartos oscuros de la Ciudad de Buenos Aires arañaba el 50%, que parecía enorme, inconmensurable, inalcanzable. En ese momento concluímos: los votos que nos faltaban no estaban en los míseros piloncitos de las fuerzas menores. El problema era el tamaño del pilón amarillo. 

El problema sigue siendo, hoy en 2018 y de cara al 2019, el pilón amarillo. Ni globertos, ni gorilas, ni globoludos, ni manipulados, ni desclasados. Argentines. Ciudadanes de a pie, que no conforman el núcleo duro antipopular del viva-el-cáncer ni de muerte-a-la-kretina. Los sectores volátiles, blandos, despolitizados, que no están a las 3 de la mañana mirando una sesión del Senado por streaming; que no saben quién es Christine Lagarde ni entienden un chiste sobre las chocoarroz de Dujovne.

Sí, ya se. 37% (UC) + 11% (FR) + 5% (Cumplir) = 53%. Hay buenos motivos para pensar cómo se articulan las distintas oposiciones de cara a lo que se viene. Pero nada de eso será suficiente si no sacudimos el pilón amarillo. La militancia de base kirchnerista, esa que no aparece en ningún análisis político de los que circulan, ni se cuenta en los cálculos de nadie, es la clave para darlo vuelta.


Pescando en pecera ajena

Estamos de algún modo, todes hundides en nuestras propias heridas. El kirchnerismo hundido en su propio éxito. La derrota del kirchnerismo en 2015 de algún modo es la prueba de su verdadero triunfo; salimos del infierno, salimos del purgatorio, recuperamos la patria, y la sociedad nos dio la espalda. Dijo en algún momento un bloguero: la clase media es el hecho maldito del país peronista. 

También están hundides en su propia herida aquelles que votaron a Macri. Las grandes masas trabajadoras y ciudadanas que en el balotaje de 2015 apostaron al "cambio", quizás un poco por hartazgo, quizás un poco por odio, quizás un poco para ver qué onda.  Empresaries PYME que se quejaban de los impuestos, trabajadores sindicalizades que pensaron que no iban a pagar más ganancias. Hay mucho misterio en los ojos de esa gente, mucha chispa en su cerebro loco.

El polemista Artemio López ha escrito que el voto peronista antikirchnerista (expresado en opciones como Massa o Randazzo) difícilmente se entusiasme por una opción que incluya al kirchnerismo, porque su rechazo es duro e ideológico. En cambio:
Los votos que necesita la oposición expresada en Unidad Ciudadana y organizada en torno al liderazgo de Cristina Kirchner para competir con chances en 2019, están entre quienes en 2015 y 2017 optaron por Cambiemos en mucha mayor proporción que entre aquellos electores que acompañaron entonces opciones pan peronistas no kirchneristas cuando no francamente anti kirchneristas.
Yo no soy consultor ni encuestador así que no puedo opinar sobre la veracidad o falsedad del argumento. Ni tampoco descartaría los famosos "votos peronistas" que supuestamente perdimos. Lo interesante de la idea de Artemio es poner la lupa sobre los amplios sectores de la población que no piensan en política todo el día. La militancia puede llegar a esos recovecos de la sociedad con acciones barriales, pintadas, afichadas, performances, volanteadas, juntadas de firmas, reivindicaciones gremiales. Porque sabemos que las redes sociales tienen sus limitaciones (la grieta es un algoritmo), y que los medios de comunicación patean en contra.

Sigamos con la patria consultora. Un reciente estudio de Ricardo Rouvier se encarga del arrepentimiento electoral. Quienes votaron a Macri en el balotaje en 2015 y ahora se quieren matar. ¿Cuántos son? Es el 31%, casi un tercio, un montonazo. En su mayoría jóvenes y con menor nivel de escolarización. Lo votaron ayer pero hoy no lo volverían a votar. Hay otro 18% que duda, que no sabe si repetiría, y otro 51% lo volvería a hacer. Si hacemos el cálculo por el general de la sociedad nos da un voto afirmativo del 25% (lo que sacó en las PASO de 2015), y un voto proyectado, suponiendo que quienes dudan se dividen miti-miti, de 34% (lo que sacó en las Generales de 2015). El pilón amarillo está en movimiento, y hay que abrirles los brazos a quienes estén pensando en cambiarse de pilón.


Sus razones tendrán

El filósofo Baruch Spinoza allá por Holanda en el Siglo XVII ya decía: non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere. Las acciones humanas no deben ser burladas, ni denostadas ni detestadas sino comprendidas. Quien votó a Macri debe ser comprendido, en las dos acepciones de la palabra. Comprendido en tanto que debemos hacer el esfuerzo intelectual por entender los motivos que le llevaron a creer en el macrismo; y también comprendido en tanto el esfuerzo militante de tener empatía. No burlarle, ni denostarle, ni detestarle. "Yo te entiendo che, creíste en el cambio".

En aquel mítico Comodoro Py de abril de 2016, cuando Cristina habló ante todes nosotres que fuimos en caravana a verla y sobre todo escucharla, en un momento nos retó. Cantaba la gente contra Diego Bossio, pero CFK frenó en seco: "Así no van a convencer a nadie". Por supuesto no se refería a que teníamos que convencer a Bossio. Insultando, me parece que nos quiso sugerir, no vamos a convencer a la gente que tenemos que convencer. A la gente que nos falta convencer. Por eso, aflojemos con los insultos y pensemos cómo se hace para convencer.

Vieron que Cristina enfoca bien siempre sus cañones. Nunca contra les votantes, nunca contra la ciudadanía, nunca contra la gente. Les desafío que encuentren UN gesto u ademán de Cristina contra quienes votan amarillo. Enemigos de la patria y del pueblo son Macri, Magnetto, Mindlin, los Caputos, la Sociedad Rural y Ladrónima. Nunca el pueblo es enemigo de sí mismo, incluso si se equivoca, o si ni aparece.

Dice Cristina en el Senado, el gobierno miente descaradamente porque cuenta con impunidad mediática. Dicho así, todo bien. Pero cuando empezamos a hablar de manipulación, de engaño, de que la gente compra globitos de colores, que le llenan la cabeza de mierda con la Intratable TV Führer, ahí caemos como el culo. A nadie le gusta que le digan idiota. Si a mí viene alguien y me dice que me están manipulando, y que no la veo porque soy un desclasado, un ignorante o simplemente un boludo... no se si me cae muy bien que digamos. Mucho menos me predispone para que me digán qué votar el año que viene. Distinto es hablar de estafa electoral, como lo hace Unidad Ciudadana. La sociedad votó por una cosa, el gobierno te caga y en vez de darte esa cosa te saca otras.

Separemos paja de trigo: hay un núcleo duro de apoyo macrista que no vamos a poder conmover; y sinceramente tampoco necesitamos hacerlo. Quienes odian, quienes gozan con el sufrimiento ajeno, quienes piden sangre kirchnerista; no son de nuestro interés. Podemos ganar sin sus votos. Pero el pilón amarillo tiene bastante más que eso. Tiene una gran parte que le entró el optimismo del sí se puede, que le sedujo la idea del cambio en 2015, y en 2017 le dio un changüí al Mauricio a ver si encaminaba la cosa. Esa gente que ya no puede pagar los tarifazos, que vio como a sus abueles les bajaban la jubilación, que escucha "FMI" y tiembla, que teme perder el laburo porque hay rumores de telegramas que vienen. Esa parte del pilón tiene que ser nuestra.

Se suele decir que el kirchnerismo tiene que "volver a enamorar". Pero el amor, bien sabemos, es un proceso mutuo, de ida y vuelta. No alcanza con amar a Cristina, a Perón, o amar un proyecto de país. La militancia debe amar a su patria, y como enseña el peronismo, en esta patria lo mejor que tenemos es el pueblo. Debemos enamorarnos de nuestra gente, incluso de la que no nos vota; especialmente la que no nos vota. Porque el amor con amor se paga. 


Se mueve el avispero

Luego del veto presidencial a la ley de #TarifasJustas, circuló por whatsapp una convocatoria a cacerolear a las 20hs del jueves 31. Si hay veto hay cacerolazo, algo así. ¿Sucedería? ¿Volveríamos a tener una manifestación espontánea tan bella e inesperada como la de la noche del 18 de diciembre de 2017? ¿Estaba la sociedad al borde de la explosión? ¿Se venía el estallido?

No sucedió. Hubo alguito de protesta en algunas esquinas emblemáticas de la ciudad, pero casi insignificante. Quizás fue la lluvia, quizás porque junio no es diciembre, quizás porque no es lo mismo protestar la sanción de una ley mala del gobierno que protestar a favor de una ley buena de la oposición. El hecho es que no sucedió.

Ahí aparece la bronca, el malestar. El pueblo manso, qué le pasa a la gente que no se despierta, que la historia se repite. Podemos insultar, enojarnos, despotricar, burlarnos, denostar, detestar. Quizás un rato nos hace falta. Pero después, cuando se nos pasa, hay que volver a pensar y a actuar. Porque aunque no se note, se está sacudiendo el avispero.

Por momentos es imperceptible, pero si mirás atentamente vas a ver que tu tía ya no defiende a Vidal, que en la cola del supermercado se habla más de las tarifas que de Nisman, que hay bronca, cansancio, preocupación. Cuando explicás por qué pasa lo que pasa en un cumpleaños familiar, te escuchan un poco más; a veces te encontrás ganando una discusión sobre economía que ni siquiera empezaste vos. Ya no sos el goma que quiere hablar de política todo el tiempo; ahora te preguntan qué pensás. Son síntomas de un cambio de etapa, y hay que aprovecharlos.

Por el lado de la militancia organizada, 2018 viene muy muy intenso. Hay posibilidades de acción política por todos lados, quizás como nunca antes. Cada barrio, cada sector, cada manzana tiene algún quilombo donde se puede dar una mano. A medida que se despliega el ajuste y el gobierno pierde apoyo social, florecen mil oportunidades de militancia. Los conflictos abundan. En las reuniones militantes se multiplican las ideas y las propuestas. Lo que pasa, sinceramente, es que no nos dan los brazos. No somos suficientes para la enorme tarea por delante. No podemos hacer más, tenemos que ser más. 

Si estás leyendo esto, sos kirchnerista y no militás activamente, se te acabó el tiempo de descuento. Es ahora o ahora. Te necesitamos porque la podemos dar vuelta, y la llave la tenés vos. Sos vos. Vení como puedas, como te salga, aportá lo poquito que te dé, pero aportalo. Quizás es una pavada, una horita por semana, un ratito los findes, alguna tareita específica. Pero te necesitamos cumpa, y no hay tutía. Estamos dando grandes batallas por el sentido común: la legalización del aborto, el tarifazo, el descalabro del dólar, el acuerdo con el FMI. Campos fértiles para comer del pilón amarillo. Luche en el 2018 que el 2019 será suyo.


Thursday, May 17, 2018

Organizar, actuar, articular, representar




Nada es inalterable
nada es definitivo
-Attaque 77

Cuando miramos la política como una foto, nos deprimimos. El techo de Cristina, la invencibilidad de Durán Barba, el quietismo de la CGT, el gorilismo de la clase media. Si sacabas una panorámica en noviembre de 2017, después de dos años de ajuste con la derrota electoral al hombro, te querías matar. Pero la política son procesos, las cosas cambian. Todo se mueve, para bien o para mal, pero se mueve.

Primero lo primero: hay una etapa política que se terminó y una etapa política que comienza. Ha cambiado la correlación de fuerzas. El gobierno desespera en el presente y duda sobre su futuro. Entonces levanta todos los teléfonos posibles (Monzó, Sanz, Trump, FMI, BlackRock, peornismo gobernable) y convoca un Gran Acuerdo Nacional para el Ajuste, Lanusse-style. El kirchnerismo, fiel a su pasado y firme en el presente, se encuentra en condiciones de ofrecer futuro una vez más. Pasamos de la resistencia defensiva a la confrontación antagónica. Desaparecidas las callecitas del medio, se clarifica el panorama. Un pasito palante. ¿FRECILINA?

El momento en que Mauricio Macri dice "Fondo Monetario Internacional", todo cambia. Es cierto, ya había aparecido Cavallo, y el dólar volaba por las nubes; pero animarse como presidente a poner en pseudocadena nacional esas tres palabras, provoca un sacudón. Cuando Cambiemos dice "FMI" se reinserta en la memoria popular argentina, vuelve lo reprimido. Ahí está el macrismo desnudo con Menem, con De La Rúa, con López Murphy, con Anoop Singh y Anne Krueger, con la pizza con champán, el grupo sushi, el corralito, el megacanje y el blindaje. Rodeado de viejos vinagres, todo alrededor.

Así las cosas, todo cambia, todo se sacude, todo se tambalea, todo salvo una cosa. La única constante, lo único que permanece en el tiempo incondicional, lo único previsible, ha sido el kirchnerismo, paradito en el mismísimo lugar desde el 10 de diciembre de 2015, y teniendo razón en todo. Incluso desde antes, desde la profética campaña del miedo que acompañó la candidatura de Scioli, avisando que este momento iba a llegar, explicando por qué iba a suceder, y proponiendo un camino alternativo. Mientras todo el resto de la política desespera, especula y recalcula, la tarea kirchnerista es seguir caminando por el sendero en el que venimos, pero un pasito palante. Vistámonos despacio, que estamos apurades.


Desgobierno

Hace un mes masomenos Cristina le dio una entrevista a Rafael Correa en RT. Entre las múltiples definiciones y magias que tiró, hubo una que rebotó en medios y redes por su contundencia. Dijo: "Los proyectos de Macri y de Temer van a fracasar". Así nomás, sin pelos en la lengua ni giros retóricos. Los gobiernos neoliberales tienen un futuro catastrófico por delante. Cristina lo dice con confianza, con certeza. Porque no es azar. No hace falta ser adivine para avivarse, pero sí hace falta ovarios para plantearlo en voz alta.

La crisis financiera de estas semanas es la consecuencia del desgobierno neoliberal. A la inversa del kirchnerismo, el proyecto de Cambiemos es quitarle poder a la política, y dárselo a la economía, a las corporaciones, al capital. Y como bien plantea Ana Castellani, las elites económicas argentinas son incapaces de gobernar. Entonces ya no es el Banco Central quien define el precio del dólar ni la tasa de interés de las LEBACs, lo define "el mercado". No es tanto que Macri gobierna para los ricos, sino que le entrega el gobierno a los ricos, entonces los ricos gobiernan a través de Macri. Y los ricos no saben gobernar, no desean gobernar, no pueden gobernar. Entonces, el gobierno como tal es una ilusión, no existe.

Dice también Cristina en la entrevista con Correa una cosa más. Macri y Temer van a fracasar, pero cuando lo hagan, el neoliberalismo ya tiene preparada la solución: cambiar las caras. Culpar a les gobernantes, a les polítiques de turno; decir que fueron corruptos, que aplicaron mal el programa neoliberal, que no lo aplicaron lo suficiente, que les faltó sensibilidad, que tomaron decisiones equivocadas... y entonces cambiar esas caripelas por otras. Ahí están las figuras de recambio: Vidal en el oficialismo, Massa y Urtubey en la "oposición".

Más allá de lo insostenible de la bicicleta financiera y el modelo económico macrista, el ajuste sólo se acabará cuando el pueblo diga basta. No pueden ponerle un freno ni Cristina, ni el Chivo Rossi en el Congreso, ni Kicillof, ni Camaño ni Nico del Caño. Sólo lo puede frenar el pueblo que, como sabemos, aparece en las calles y en las urnas. Por el momento tenemos destellos de pueblo, destellos de malestar que empieza a manifestarse. La caída estrepitosa de la imagen del gobierno, de su gestión y de sus figuras no encuentra piso. Todas las encuestas les dan como el culo. En tanto la grieta se desplaza definitivamente del viejo clivaje K/Anti-K a un clivaje oficialismo/oposición, los números empiezan a decir que Cambiemos puede perder las elecciones de 2019. Porque cambió la correlación de fuerzas. 


Bipartidismo y mercado electoral

OK, cambió la correlación de fuerzas, y continúa en movimiento: el gobierno pierde adhesiones y el terreno se muestra propicio para hacer política opositora. Lo que se nos impone inmediatamente es el debate sobre "la unidad del peronismo". Si nos organizamos, ganamos todes. Macri está haciendo mierda todo, basta de egos, basta de diferencias, basta de chicanas. ¡A juntarse!

El discurso de la unidad berreta plantea dos zonceras: el bipartidismo y mercadismo electoral. El bipartidismo es suponer que hay dos partidos en Argentina: el peronismo y el radicalismo. Esto a su vez supone que el peronismo es una cosa, que está artificialmente separada y naturalmente debería unirse. Como si cualquier diferencia con Pichetto, Urtubey o Campolongo fuera simplemente producto de un malentendido. 

Por otro lado, el mercadismo electoral. Acá la idea sería que las construcciones políticas son como la creación de un producto para el mercado. Que la ciudadanía elige representantes como elige una pasta dental, un celular o un lavarropas. La política es un mercado donde distintos productos compiten por los votos. Entonces, se supone, hay que tener el mejor producto posible y el mejor marketing para venderlo. Hay que converger para concentrar el mercado opositor, hay que parecerse un poco a la competencia para poder robarle clientes. Otra forma de la colonización de la economía sobre la política. 

Por suerte, y gracias a dios, la política no es esto. En la Argentina (y en el mundo) lo que vale no es el bipartidismo, sino la existencia muy real y muy inevitable de dos proyectos políticos contrapuestos: el proyecto neoliberal y el proyecto populista. Eso es todo. El límite para nosotres, que somos populistas, es Macri pero es más que Macri, el límite es el neoliberalismo, cualquiera sea su cara.

Que no se nos malentienda, creemos en la unidad opositora, creemos en construir un frente lo más amplio posible, pero las cosas no son tan sencillas, ni se agotan ahí. Porque la política no es un mercado electoral. La política es la confrontación de fuerzas sociales, la articulación de voluntades, la disputa entre pueblos y antipueblos, entre ciudadanía y corporaciones. No es que elegimos estas palabras porque nos parece que miden bien y quedan bonitas, sino porque efectivamente creemos que explican la realidad mejor que los manuales de la ciencia política liberal.


El bloque histórico

Dice Máximo Kirchner en un encuentro reciente en Quilmes:
"Cuando uno quiere ganar de cualquier manera, puede pasar que se pierda de cualquier manera. Y de ahí no se vuelve. Debemos construir la victoria"
Plantea acá el compañero una distinción fundamental entre un triunfo (ganar) y una victoria. Alerta que si nos vestimos rápido, si nos apresuramos, aquello que armemos puede ser fácilmente derrotado y luego desarticulado. Hace unos meses, con el radicalismo popular, apunta hacia el mismo lugar:
Algo que tiene que ser puntal y base para cualquier unidad que pretenda gobernar la Argentina debe ser que una vez en el gobierno esa unidad no se desintegre bloqueando la oportunidad de aplicar las políticas por las que fue votado. Y creo que muchas veces tenemos que tener en cuenta estas cosas... 2007-2011, 2011-2015, alguna cuestión particular que deberíamos entender en los armados incluso. Cuando sucede el conflicto con el sector agrario, lockout patronal, inició Cristina la pérdida también de la mayoría en el Congreso. Era un armado muy amplio que incluía a muchos sectores del PJ que no están y que incluía gran parte del radicalismo en la figura de Cleto Cobos. Sin embargo, ese armado amplio que incluía vastos sectores ante el primer conflicto, a meses, no más de 100 días de haber asumido la compañera, hizo que gran cantidad de diputados abandonaran el bloque e incluso se llevaron el vicepresidente también... Entonces, la unidad es algo que debemos trabajar de manera seria, y no como una cuestión solamente de "ganar", de "vamos a ganar". Hay que construir una unidad política. Esa unidad política tiene que ser parte de una construcción política, porque va a enfrentar a una construcción mediática...
El argumento es sencillo. No se trata de unir retazos de representación política, de juntar los votos de este con los votos de aquel. Las transformaciones que necesitamos realizar requerirán sujetos sociales y políticos que las sustenten. Si llegamos al gobierno cagando aceite, no vamos a durar ni tres días. ¿O no pasó eso con la Alianza en el '99? Menem era tan pero tan malo que había que juntarse todes para ganarle, a cualquier costo. Bueno, a cualquier costo no. Si pretendemos ganar de cualquier manera, perderemos de cualquier manera.

Cuando Máximo dice una unidad política que sea parte de una construcción política, parece aludir a la vieja y siempre vigente idea marxista del bloque histórico. Concepto central en la obra del comunista italiano Antonio Gramsci (a quien dicen que estuvo leyendo el Chino Zannini durante su prisión política), la idea de bloque histórico implica una articulación concreta de diversos sectores, una síntesis entre procesos económicos, sociales, culturales y políticos que pueda construir una (contra)hegemonía. En palabras de Gramsci:
La estructura y las superestructuras forman un "bloque histórico", es decir que el conjunto complejo, contradictorio y discorde de las superestructuras es el reflejo del conjunto de las relaciones sociales de producción. De ello surge lo siguiente: sólo un sistema totalitario de ideologías refleja racionalmente la contradicción de la estructura y representa la existencia de las condiciones objetivas para la subversión de la praxis. Si se forma un grupo social homogéneo al 100% por la ideología, ello significa que existen al 100% las premisas para dicha subversión, es decir que lo "racional" es real activa y actualmente. El razonamiento se basa en la reciprocidad necesaria entre estructura y superestructura (reciprocidad que es, por cierto, el proceso dialéctico real)
Para el autor italiano, un proyecto político implicaba una reciprocidad entre estructura y superestructura. Estructura era la economía, las relaciones de clase; y la superestructura se dividía en dos: la sociedad política (Estado) y la sociedad civil. No podía haber un proyecto contrahegemónico sin una articulación en cada uno de esos niveles: estructura, sociedad civil, sociedad política. Más aún, para Gramsci el Estado es lo último que se conquista. Si construía un bloque histórico, el Partido Comunista podía dirigir la sociedad italiana incluso antes de llegar al gobierno.

Salvando las enormes distancias conceptuales y contextuales, Máximo parece aludir a la necesidad de construir algo mucho más sólido que una unidad de dirigentes peronistas. Necesitamos construir un bloque histórico que sea capaz de llevar adelante las transformaciones necesarias para terminar con la crisis neoliberal y avanzar en un sendero de autonomía y liberación nacional. Desde la construcción política, convocar a una unidad política abierta y mayoritaria, en torno a un programa.


Organizar, actuar, articular, representar

La construcción del bloque histórico tiene mucho más que ver con la sociedad civil que con la sociedad política, mucho más que ver con actores sociales que con estructuras políticas. Cuando en 2017 Cristina lanza su campaña de Unidad Ciudadana, recordemos, subía a sujetos sociales al escenario, y mandaba a les dirigentes a la platea. Era un mensaje para afuera y para adentro: si queremos volver a gobernar para el pueblo, debemos construir desde el pueblo. Si se mira en cualquier semana la agenda de CFK en el Instituto Patria, se verá que se privilegia las reuniones con sectores sociales muy por encima de las fotos con dirigentes. Familiares de Malvinas, sindicalistas, rectores universitaries. Desde la sociedad, hacia la política.

En este contexto turbulento, el kirchnerismo no debe distraerse de las tareas que viene exitosamente realizando desde el 10 de diciembre de 2015. Hasta ahora, hemos tenido razón profética sobre el destino del macrismo, y venimos dando batallas importantes de sentido en conjunto con la sociedad: los derechos humanos, el tarifazo, el ajuste, los derechos laborales, el saqueo jubilatorio, la ciencia, las luchas feministas, la persecución política... la agenda que abarcamos es inmensa. Es decir, venimos politizando a la sociedad, politizando el ajuste, construyendo ladrillito por ladrillito los cimientos de un bloque histórico por venir. 

Dice Máximo en Florencio Varela:
Me puse a pensar ... cómo funciona un reloj. Quizás ustedes cuando puedan ver a algunos de nosotros, somos la parte más visible del reloj. Jetones le dicen algunos a veces. Que nos toca hablar, llevar la pelea. Para que ese reloj dé la hora exacta, ustedes tienen que organizar sus fábricas, tienen que organizar sus barrios, tienen que hablar con cada trabajador y cada trabajadora, con cada vecino y con cada vecina para poder  construir y darle el volúmen necesario a la fuerza política que sea capaz de  interpretar y llevar adelante los sueños de un pueblo entero como lo supo hacer. Para que ese reloj dé la hora, la participación de ustedes es condición sine qua non. 
Funciona el reloj cuando funcionan todas sus partes, y la dirigencia política es sólo la parte más visible. Ni siquiera es la más importante. El llamado es al trabajo de base, de organización desde cada fábrica y cada barrio. Porque bien sabemos, en todos lados hay quilombo. Hay dificultades y demandas por doquier. El proceso es cuádruple:

1) organizar ciudadanía en torno de cada demanda, juntar a la gente, otorgarle herramientas para la lucha, diseñar y ejecutar estrategias en función de cada necesidad, en función de ganar cosas;

2) actuar en tanto realizar acciones que visibilizan las problemáticas, en tanto perfoman los conflictos, y así logran quebrar el cerco mediático de que todo anda joya en macrilandia, como se hizo en el Conurbano con las audiencias populares contra el tarifazo, o como les pibes que escracharon a Larreta con la UNICABA;

3) articular entre sí cada una de las demandas sociales, arrimar y amuchar sectores afectados, otorgar relatos que permitan ver los hilos conectores entre cada problema, explicar por qué "todo tiene que ver con todo";

4) representar desde los distintos lugares que hemos alcanzado en las urnas, construyendo una unidad ciudadana que arranca desde la organización pero que encuentra en las instituciones la vía para canalizar los conflictos, una fuerza política cuyas caras visibles son puestas al servicio de problemas reales.

Un bloque histórico, que es simplemente una forma rebuscada de decir "un pueblo", se enhebra en la permanente retroalimentación entre organización, acción, articulación y representación; y logra una victoria. Si la construcción política es genuina, la unidad se va a dar sola, quienes se fueron sin que les echáramos, volverán sin que les llamemos. Un pasito palante, que venimos bien.

Saturday, April 7, 2018

Cristina es el programa






Creo en tu estrella, en aquella que busco 
en mi sueño mejor 
para poder luchar
- Callejeros 

Argumento A:
Ganar, ganar, ganar, ganar, ganar. Hay que unirse para ganar. Todo por ganar. Si nos unimos todes le ganamos a Macri en 2019. No importa cómo, hay que juntarse, amontonarnos, dejar de lado las diferencias, mirar hacia el futuro, armemos una PASO, el que gana conduce el que pierde acompaña, todes adentro y listo. Hay que tragar sapos, los ladrillos se hacen con bosta, BOSTA, ¿o no leíste a Perón?

Argumento B:
Sin Cristina no se puede, con Cristina no alcanza. Sí, claro, saca un montón de votos; ¿pero no viste la imagen negativa? Tiene un techo bajo, muy muy bajo. No puede ser candidata, si va ella perdemos por paliza. Cristina tiene que autoexcluirse, guardarse, esconderse, hacer un fade-out de la política. Si Cristina se corre del centro, se cae el verso de la pesada herencia y se ve el desastre macrista. Las masas despiertan y ganamos de taquito.

Parecen dos argumentos distintos pero son el mismo. EL MISMO. El problema en ambos, claro, es Cristina y el kirchnerismo. El sectarismo kuka que impidiría la unidad. Cristina que roba protagonismo. La tozudez de no aceptar que los tiempos cristinistas pasaron; que estuvieron plagados de errores y excesos. Ya fue loco, no vuelven más, aflojen, dejen de ser tan cerrades; aprendan que son una partecita chiquita, muy chiquita del campo popular; que si siguen así Cambiemos gobierna hasta 2050.

Lo que se nos pide, al fin y al cabo, es que nos dejemos de joder. Cristina y les kirchneristas, todes. Que bajemos las banderas y nos dejemos conducir (aunque no estaría claro quién nos conduciría y hacia dónde). Porque somos un problema. Bah, básicamente Cristina es el problema. No la persona Cristina, sino el proyecto y el programa político que representa. Las tensiones que implica, los adversarios que nombra, la posición geopolítica. Esas cosas incomodan a grandes sectores del peronismo, que prefieren silbar bajito y no enojar a nadie. Por eso persiguen a Cristina y no, ponele, a Massa o a Randazzo.

Entonces, lógicamente, discutir la persona Cristina es un engañapichanga. Hay que ir al hueso, al nudo de la cuestión. Lo importante en este momento, para quienes somos kirchneristas, peronistas, y de Cristina, es hablar de un programa. En nombre de Cristina, digamos programa.

El programa es Cristina; Cristina es el programa. Ya lo dijimos alguna vez, el candidato es el proyecto, je. Por que lo que importa es el programa antineoliberal y la voluntad de enfrentar al poder real que encarna la compañera. Creer en Cristina es creer en su estrella, en las cosas que nos enseñó, gobernando, conduciendo, construyendo; todo eso que nos hizo buscar en nuestros sueños mejores, para poder luchar. Seamos Cristina empujando un programa.

Planteemos un acuerdo programático serio, transformador, que encare los grandes problemas de la época. Un programa que guíe las luchas del 2018, que articule una oposición, y que proponga un futuro distinto a la sociedad. La pregunta para Pichetto, Solanas, Solá, Bregman, gobernadores, intendentes, sindicalistas, organizaciones de todo tipo no será "¿usted acuerda en hacer la unidad con tal y tal y tal?" sino "¿quiere usted caminar codo a codo para construir futuro en base a este programa político?".


El poder juega

Algo importante a tener en cuenta para arrancar: el poder juega. El imperio, Clarín, la oligarquía rural, Stiusso, Techint, los bancos, los grupos económicos, las constructoras. Todos esos sectores que componen el bloque de poder que sostiene a Macri, también juegan dentro del peronismo y la oposición. Ah, y también juega el gobierno. Chocolate por la noticia.

Vimos estos días el patético encuentro impulsado por Miguel Ángel Pichetto en Gualeguaychú. Eso es el poder jugando. El perdonismo (el peronismo que pide perdón por su pasado kirchnerista) de Pichetto, Bossio y Urtubey es básicamente esto: un peronismo antiperonista, un peronismo que pretende excluir y esquivar todo debate sobre el potencial transformador del peronismo kirchnerista. Dividir al movimiento, extirparle toda potencia.

La contracara de Gualeguaychú fue San Luís. Ese encuentro hace unas semanas sí que fue un problema grave para el bloque de poder. Nunca un encuentro opositor generó tanto miedo y tantos esfuerzos por sabotearlo. Desde Balcarce 50, se hicieron todos los aprietes habidos y por haber para evitar la presencia de gobernadores en La Pedrera. Gualeguaychú, el encuentro de la UMET, el Congreso del PJ Bonaerense no preocuparon ni incomodaron a nadie.

El encuentro puntano fue peligroso porque no hizo NI UNA concesión al régimen. Porque se animó a debatir programa. En una palabra, porque fue kirchnerista. No kirchnerista como identidad cerrada y grietuda de “vos tenés a Baby yo tengo a Dolina”; sino kirchnerista como concepto político, una idea que suele repetir el compañero @osvaldo_balossi. Hoy el kirchnerismo es: decir que no al régimen, no hacerle concesiones, elaborar sobre el dolor, politizar el ajuste, hablarle a la sociedad, aglutinar sectores agredidos, construir una nueva mayoría. Es exactamente por esto que el poder le teme al kirchnerismo.

Pueden leerse numerosos analistas polítiques que dicen que Marcos Peña y Durán Barba eligen a Cristina y al kirchnerismo como adversario. Eso es mentira. La Pedrera lo demuestra. Lo que quiere el macrismo, en cambio, es un kirchnerismo débil, chiquito, perseguido, aislado, caricaturizado, reducido a un cúmulo de corruptes desesperades y subversives talibanes. Nos tienen miedo. El poder teme al kirchnerismo. Le tiene alto cagazo. Teme a la fuerza transformadora de Cristina y la Unidad Ciudadana liderando mayorías sociales y políticas. Por algo nos quieren encanar, como quieren encanarlo a Lula en Brasil.


Las formas y el contenido

Cuando se debate la conformación de alianzas electorales en general, y las unidades peronistas en particular, se suele hablar de sapos que hay que tragar. Los momentos de forjar pactos electorales, de conformar frentes partidarios, implican concesiones, negociaciones, tires y aflojes; más tires cuando se debaten cuotas de poder, más aflojes cuando se debaten cuestiones programáticas e ideológicas. Bueno, esto último no puede ser.

Todes creemos en la necesidad de construir una unidad opositora, y está claro que necesitamos mucho (si no todo) el peronismo adentro. Pero cuidado. Porque una unidad peronista opositora no garantiza absolutamente nada. Nada de nada. El peronismo no es, como muches creen, el lugar donde el pueblo ya está, entonces simplemente con juntar los pedazos unís al pueblo. El pueblo nunca se asienta en ningún lado, sino que se construye en momentos específicos. El peronismo es memoria histórica popular, es el lugar predilecto y privilegiado para construir pueblo, pero no está ahí de prepo. Si tan sólo fuera tan fácil.

Nos encaminamos hacia la construcción de un frente amplio, plural y heterogéneo para enfrentar al macrismo en las elecciones. Pero no puede haber concesiones ideológicas. Podremos hacer concesiones de todo tipo. En el armado, en los nombres, en las metodologías, en las estrategias comunicacionales, en las mejores tácticas para cada territorio… pero lo más importante, de lo que hay que hablar y sobre lo que debemos ser intransigentes, irreverentes y transgresores es en el programa.

Miren, dos textuales de John William Cooke. La primera me la apunta el compañero @fedebonda. La segunda es del libro “Peronismo y revolución”, de 1966:
La unidad es indispensable y será un paso previo al triunfo popular. Lo principal es para qué hacemos la unidad, cuáles son los objetivos cercanos (como por ejemplo las elecciones) y cuáles los grandes objetivos. Unidad para simple usufructo politiquero, no. Sí, en cambio, para dar las grandes batallas por la soberanía nacional y la revolución social.
La solución no está en tratar de adivinar comportamientos futuros de los candidatos o titulares de posiciones directivas sino en presionar en toda las formas para imponer una política revolucionaria, que es una necesidad existencial del Movimiento, además de una garantía contra las duplicidades y las cobardías.
La primera cita es sobre la unidad. Las apelaciones a la "unidad con contenido" circulan fuerte por estos días en el campo popular. Nadie en su sano juicio plantea un amontonamiento sin directrices. Pero la cita del Bebe dice algo más. Pregunta: ¿Cuáles son los grandes objetivos? ¿Cuáles son las grandes batallas que tenemos que dar? Hay que pensar la construcción de una unidad política que tenga la suficiente claridad, solidez y arraigo como para bancarse las peleas que vienen. Nos toque gobernar o no.

En el reciente acto del radicalismo popular, Máximo Kirchner recuerda que Cristina ganó con el 42% en primera vuelta en 2007; pero al primer conflicto que tuvo que enfrentar el flamante gobierno, se partió en mil pedazos. Hay que aprender de eso, no nos podemos hacer les giles.

La segunda cita es brutal. Cooke apela a las bases a presionar por una política revolucionaria, en todas las formas. Lo que está en debate es cuál será la política opositora en 2018 y 2019. ¿Será kirchnerista o será colaboracionista? ¿Podrá ser populista o habrá que resignarse a un neoliberalismo light?

Hoy, el contenido es más importante que la forma. No se trata de sobreabundar en especulaciones de candidaturas ni de armados. Lo que hay que hacer es empujar la posición política. Cooke habla en ese texto del 66 sobr e la resignación planificada. La estrategia enemiga de hacernos bajar los brazos y la vara. Bueno, después de 12 años de transformaciones, la verdad que no. El peronismo será populista o no será nada.


El candidato es el programa

Cuando dejamos de hablar de las formas y nos ponemos a hablar de los contenidos, ahí se pone interesante la cosa. Primero hay una agenda de repudios, que no es negociable. El rechazo al ajuste y el deterioro democrático. No puede haber medias tintas en esto. Cualquier frente opositor debe demandar la plena libertad de expresión y el ejercicio de las libertades políticas. No hay democracia con preses polítiques. Hablar de "corruptómetro" como una forma de esquivar el bulto de la persecución a opositores no va. Lo lamento, no va. Si no miren a Brasil.

Con el ajuste, tampoco se puede andar zigzagueando. El gasto público no debe ser reducido. Si queremos corregir el déficit, hay que recaudar más.  ¿Alguien se anima a decir que hay que volver a subir las retenciones a la soja? ¿Que hay que cobrarle más a las empresas? ¿Que hay que aumentar los impuestos al 1% más rico? Necesitamos una profunda reforma impositiva, y hay que decirlo.

Hay una agenda que sube de la sociedad a la política: el feminismo, la economía popular, los reclamos de seguridad (que puede ser ciudadana), la necesidad de estabilidad y un cierto orden ("nos desorganizaron la vida" dice CFK). Debemos encarar profundos debates sobre las redes sociales, el uso de los datos personales, las grandes plataformas digitales y su impacto en la democracia. Debemos repensar los servicios de comunicación audiovisual. Debemos prepararnos para dar respuestas a una crisis de endeudamiento familiar producto del modelo especulativo de Cambiemos, que te enchufa préstamos a las AUH y jubilaciones, y timbea con los créditos UVA. En fin, la agenda programática es enorme, cuando te ponés a flashear un rato.

Lo fundamental, empero, es que el programa a construir no puede hacer ninguna concesión al gobierno. Debemos rechazar de plano todas las argumentaciones que dicen que debemos imitar al gobierno, parecernos a él. Esto no quiere decir que debemos negar caprichosamente las nuevas tecnologías, los modos de comunicación contemporáneos, las transformaciones en la cultura digital. Pero si las vamos a usar como formas de despolitización, no gracias. Una story de instagram está muy bien, pero no podemos tomar las herramientas acríticamente. Una canción de Ani di Franco dice: "toda herramienta es un arma si sabes cómo empuñarla". Bueno, hay que empuñarlas bien. 

Hay que ser lo opuesto al gobierno, no lo parecido. No hay que imitarlo, hay que disputarle el sentido de las cosas. Iñigo Errejón suele decir eso: hay que disputar por ganarles las palabras democracia, libertad, cambio, orden. Ahora bien, si jugamos con las palabras del enemigo, ya perdimos la mitad de la batalla. No podemos andar boludeando hablando de "vecinos y vecinas" y queseyó. Confrontar y disputar. Eso es lo que hace Cristina, por ahí tiene que ir el programa.


El pacto electoral

Volvamos un toque a junio de 2017, a Cristina lanzando la unidad ciudadana. ¿Recuerdan el acto de Arsenal? La dirigencia a las plateas, la gente común al escenario. Decía Cristina que, frente a la formidable estafa electoral de Macri, había que reconstruir el vínculo de la sociedad con la política. Los problemas de la gente, no de les dirigentes. Tuvo Unidad Ciudadana, entre tantas cosas, una plataforma electoral, que vale la pena volver a leer. Un programa de la hostia, conciso y clarito. Su primer punto, rezaba así:
La democracia representativa exige que quienes asumen cargos o bancas al haber sido electos por el voto popular, deben cumplir con los programas y las propuestas que realizaron durante la campaña electoral. Cuando el Pueblo vota no da cheques en blanco; elige entre personas que encarnan ideas, formulan programas y propuestas de gobierno.
La necesaria construcción de un programa para el 2019 no es sólo una gambeta al problema de las candidaturas y las formas. No es sólo la pulsión por sostener posiciones populistas y antineoliberales. Es también reconstruir el vínculo social entre representantes y representades. Valorizar y fortalecer la democracia es volver a poner en valor la palabra y el compromiso político. No podemos silbar bajito y esperar que la sociedad nos vote porque les caemos simpátiques. Debemos ser contundentes en el diagnóstico y las propuestas. Como hizo Cristina en 2017, debemos hacer de cara al año que viene.

En Brasil, Lula da un potente discurso ante una multitud, previo a entregarse a la policía, rodeado de pueblo. Levanta las manos de Manuela D'Ávila y Guilherme Boulos, dos dirigentes jóvenes de partidos de izquierda que se han escindido de la alianza con el PT y proponen programas más radicales y transformadores. Lula les levanta las manos y dice: lo importante no soy yo, es el programa transformador que tenemos que empujar.

Finalmente, lo importante es que hay 2018. Hay muchas batallas por librar, mucho ajuste y persecución por enfrentar. Si la política se dedica todo el 2018 a mirarse las caras a ver cómo se arma una unidad formal y electoral, vamos al muere. El programa a construir debe ser un programa que comience a aplicarse este año. El programa debe guíar los comportamientos parlamentarios, las acciones callejeras, los movimientos estudiantiles, gremiales y sociales. Debe ser un compromiso de lucha con el presente, no una serie de promesas que sólo se efectivizarían en caso de llegar a la Rosada.

Importantísimos pasos ya se han dado. Ahí están el valiente programa de la Corriente Federal de los Trabajadores y el incisivo programa Unidad Ciudadana.  Ahora toca empezar a construir uno nuevo sobre esos cimientos. Toca elaborar una hoja de ruta para construir la mayoría política que le devuelva futuro a la sociedad. Vamos.